40 años de la muerte de Yiyo: gloria y tragedia de un joven mito del toreo

Colmenar Viejo (Madrid) 30-8-1985.- Momento en el que el toro, de nombre "Burlero", cornea a José Cubero "El Yiyo" en la lidia que se estaba celebrando en la plaza de toros de Colmenar Viejo. Tras haberle dejado en el suelo unos segundos, el toro volvió a hacer presa con el cuerpo de Yiyo y su cuerno izquierdo le atravesó el corazón. EFE/TVE/ aa

Paco Aguado

Madrid, 30 ago (EFE).- Se cumplen justamente este sábado 30 de agosto 40 años de la muerte del entonces joven torero José Cubero “Yiyo”, al que un toro de la divisa de Marcos Núñez partió en dos el corazón en la plaza madrileña de Colmenar Viejo, en una tragedia que conmocionó a toda España a través de la televisión.

Tenía sólo 21 años cumplidos cuando “Burlero”, ya con su estocada mortal en el hoyo de las agujas, aún tuvo casta para derribarle y buscarle en el suelo hasta conseguir colgarle de su pitón izquierdo y provocarle una muerte instantánea que en la enfermería no pudieron sino confirmar pocos minutos después.

Se partían así también una vida y una trayectoria que le habían llevado hasta la antesala de su consagración definitiva como primera figura del toreo. Por valor, por calidad y por carisma, en esos momentos todo parecía dispuesto para que Yiyo se convirtiera en uno de los más grandes de la de por sí brillante década taurina de los 80.

Y no deja de ser una ucronía asegurar que, sin su muerte, el toreo hubiera caminado después por otros derroteros, o al menos hubiera mantenido en lo más alto el necesario referente de clasicismo que otros toreros tuvieron después que representar, aisladamente, frente a las superficiales y comerciales corrientes que dominaron los años posteriores.

Nacido en Burdeos (Francia), como hijo de emigrantes, Yiyo se crió en el barrio madrileño de Canillejas, donde se fomentó su afición por el influjo paterno y por el de dos hermanos mayores, que también habían iniciado el camino profesional. Y sus privilegiadas cualidades de portento adolescente no tardaron en destacar en la por entonces recién creada Escuela de Tauromaquia de Madrid.

Después de dar la vuelta a España y Francia junto a sus compañeros Julián Maestro y Lucio Sandín, la terna de becerristas que llamaron “Los príncipes del toreo”, José Cubero emprendió una carrera meteórica que le llevó a tomar la alternativa con apenas 17 años, en la feria de Burgos y con Ángel Teruel como padrino.

Tras haber abierto la puerta grande de Las Ventas como novillero, su lanzamiento definitivo llegaría en el San Isidro del 83, al que entró por la vía de varias sustituciones, con una nueva salida a hombros y el corte de cinco orejas en cuatro corridas, incluida la de Beneficencia.

Cuajado como sólido y elegante profesional, muy en la línea de sus admirados toreros de Madrid –Antoñete y Curro Vázquez fueron sus últimos y decisivos referentes- Yiyo disfrutaba en esa temporada del 85 de un sólido cartel, a falta únicamente de la aceptación de su caché por parte de las grandes empresas.

Era, sin duda, la gran esperanza de un competido escalafón y de un espectáculo al alza que solo un año antes había mostrado, a los muchos críticos externos e internos, su enorme carga de autenticidad con la no menos impactante cornada mortal en Pozoblanco de un torero de tanta fama como Francisco Rivera “Paquirri”, de la que él fue testigo directo.

Y en ese trampolín se encontraba Yiyo cuando el 30 de agosto acudió a Colmenar Viejo a sustituir a Curro Romero y a cuajar, al toro que lo paró todo, una de las mejores faenas de su vida, esa que perdió al rematar su obra con la entrega total de su inmolación.

La imagen de aquel hermoso cadáver joven, como el de tantos ídolos del rock, enfundado sobre la cama de sus padres en su vestido grana y azabache predilecto, impactó a millones de personas a través de la prensa, que dio una gran cobertura a la tragedia. Y sirvió así para confirmar al mundo la máxima verdad de la tauromaquia.

Han pasado ya 40 años y toda una generación de jóvenes de entonces, la que disfrutaba los desacomplejados tiempos de la “movida”, sigue recordando –como las cuatro estatuas que tiene en Las Ventas, Canillejas, Colmenar y La Almudena- a ese torero que también representaba el nuevo espíritu de unos años felices, en los que su tragedia contribuyó a sostener la credibilidad de un arte por el que vivió y murió… demasiado pronto. EFE

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